El Faro De Cabo Mayor

“¿Quiénes serían esos rojos tan malos?”. Mi mente infantil, impresionada por la narración del martirio sufrido por las “gentes de bien”, que durante la guerra civil fueron despeñadas por el acantilado sobre el que se yergue el faro de Cabo Mayor, imaginaba a unos seres diabólicos, que arrojaban a un infierno profundo de agua y sal a las almas perdidas.
Esa fue mi primera visita al faro. Años más tarde, comprendí que la historia la escriben los vencedores condenando doblemente a los derrotados que, muertos, encarcelados o exiliados, sufren la ausencia de su verdadera memoria, forzosamente emboscada en la mente y el corazón de las personas que les amaron.
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El Faro, ahora democrático, desmemoriado de ese tiempo áspero y oscuro, comienza también a olvidar a los hombres que vivieron en su interior. Los avances tecnológicos acabaron con el oficio de farero, esa profesión de gentes solitarias en diálogo constante con la mar; civilización contra naturaleza. Hoy alberga en sus entrañas el museo de Eduardo Sanz, una colección de pinturas de otros faros, como si se tratase de un dinosaurio o un ave gigante que conservara hasta el momento de la incubación, los huevos donde deposita su carga genética.
Es también un cíclope blanco cuyo ojo omnividente gira en la oscuridad de la noche amparando con su mirada a los barcos, perdidos fatalmente sin su guía. Es el dedo que dibuja a su paso, el contorno del mundo, la brecha por donde escapan los rayos de un sol artificial y oculto.
¿Qué misterio esconden los faros para resultarnos tan atrayentes? El faro es la frontera entre dos mundos antagónicos: el terrestre y el acuático. Arraiga en la linde de la tierra para asomarse al enigmático mar, sin pertenecer del todo a ninguno de los dos.
Imaginamos las noches de tormenta en su interior: a nuestros pies, el mar violento y encrespado parece querer alcanzarnos, arrebatando para sí, todo lo que encuentra a su paso, y después el sosiego, la paz del horizonte verde y calmo. Verde es también, como no podría ser de otro modo, la tierra que pisa este faro, nuestro faro santanderino del Cabo Mayor.

P@.

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