El cementerio de los ingleses

Internado en el barrio santanderino de Cazoña, custodiado por altos edificios de viviendas populares que asoman sus ventanas a la vecindad de la muerte, el cementerio de los ingleses extiende su planta rectangular limitada por un muro de piedra. Es un cementerio pequeño y humilde, un anacronismo, que desconoce el color de las flores sobre sus sepulcros. Nadie lo visita ya; sus puertas de hierro permanecen cerradas por cadenas que remata un grueso candado. En su interior, las vetustas tumbas se alternan con árboles vigorosos entre la vegetación que crece descontrolada. Es entre las urdimbres de la muerte donde los tejidos de la vida parecen adquirir su mayor esplendor, como si quisiera rivalizar con ella en la extensión de su poderío.
Fue en el año 1864 cuando, un ciudadano inglés tuvo el dudoso privilegio de estrenar el cementerio de reciente construcción, ideado para dar acogida a los restos de los extranjeros que profesaran la fe protestante. Tras él, continuaron en la nómina de fallecidos los trabajadores que vinieron a estas tierras para la construcción del ferrocarril o para trabajar en la mar y que nunca regresaron a sus hogares. Posiblemente, habrán sido ya olvidados, o quizás permanezca, como un recuerdo remoto conservado en la memoria colectiva de sus familias, la historia de aquel pariente que yace enterrado en un cementerio pequeño y humilde en el norte de España.

P@.

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