Marea negra

Aquel día de Julio, una marea negra comenzó a inundar las calles de la capital. Eran los mineros, que llegaban. Venían con sus cascos y herramientas dormidas. Brotaba de sus labios la palabra cálida que hermana: “compañero, compañero”. Tiznaban a su paso, con el negro carbón, las conciencias de hombres y mujeres: sus prejuicios, su incomprensión, su ausencia de empatía. Hacían que se vieran como eran por dentro: miserables o nobles, ruines o generosos.

Venían con los pies lacerados, pero con la dignidad renovada. Orgullosos de su fuerza, para emplazar a los gobernantes a cumplir con su palabra.

La palabra, que tiempo atrás había sido más fuerte que el papel, más firme, se había convertido ahora en un soplo vacío, capaz de disolverse con el viento.

Les recibió implacable, el sol. A ellos, acostumbrados a la oscuridad del vientre de la tierra. Pero no consiguió templar la fuerza de su determinación.

Eran un río, una fuerza mineral, que se expresaba. Negra, como las entrañas de sus minas, roja como las brasas que arden en sus corazones

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