El Trasgu

Andresín era tan antiguo en la mina, que parecía haber nacido con el casco puesto. Todos los demás recordaban su “bautismo de carbón” de la mano del padrino Andrés. Él se encargaba de cuidar a los jóvenes y parecía tener un instinto especial para detectar los peligros, como si fuese un pajarillo salvador.
Llevaba la cara siempre tiznada, en dónde brillaban unos ojos como ascuas verdes, y una sonrisa pícara que subrayaba sus bromas y sus dichos.
Decía, por ejemplo: “Aquí, en la mina, nadie nos hace sombra”, y reía dejando ver los cuatro dientes sobrevivientes de su boca minada.
Los años le habían ido mermando, hasta que consiguieron hacer de él poco más que un duende travieso.
Un día, por primera vez en su vida, no apareció por la mina. Los compañeros acudieron alarmados a su casa, para encontrar todo ordenado. Solo faltaba él y su casco.
Hay quién dice haber oído su risa en las entrañas de la mina, pero seguro que al ministro Soria, alguna noche, se le han aparecido unas lucecitas verdes de condena, y Mariano R. comienza a no encontrar las cosas. “¿Has visto miss gafass?” Pregunta a su mujer, “Esto parece cossa de trassgos”.

P@

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