La Caracola

Por aquellos días, mi casa se llenó de gente. Las vecinas traían y llevaban las noticias del suceso, y mi madre con los ojos enrojecidos, me acariciaba distraída, o miraba a través de mí, como si no existiese.

Cuando llegó mi padre, no me subió por los aires como otras veces, solo me abrazó tan fuerte, que pude sentir los latidos de su corazón. Parecía haber menguado de tamaño, y sus hombros anchos caían, como si soportasen una carga invisible.

Por la noche, desde mi habitación, oía sus murmullos de lluvia, y también algún  sollozo que compartían, arropado por las sábanas de su cama.

Pensaba qué podía hacer para que todo volviera a ser como antes y recordé la caracola grande que me había traído en alguno de sus viajes, para que yo pudiese oír desde casa, el sonido del mar que el estaría escuchando. “Es como si estuviéramos juntos” me decía. 

Entonces, tras colocarla sobre su oreja, vi como sus ojos se nublaban y dejaban escapar dos lágrimas con sabor a sal. Había oído, sobre el rumor de las olas, los gritos de sus compañeros que pedían auxilio, antes de que el mar se los llevase para siempre. 

P@

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2 pensamientos en “La Caracola

  1. Un relato con mucha simpleza e inocencia, narrado como lo haría una niña pequeña (la protagonista), que no tiene aún cabal conciencia de la desgracia que los rodea, más sin embargo, presiente que las cosas no están bien. Y en su nobleza de corazón infante, trata de consolar a su padre, llevándole a sus oídos una caracola para que lo arrulle con su sonido a mar, que no hace más que recordarle la última presencia de sus colegas de faena.
    Muy bonita tu obra, me encanta su limpieza de forma, la sencillez como lo expones y lo conmovedor de su contenido.
    ¡Saludos!

  2. Me gusta tu entrada de “La Caracola”. He venido a leer algo más después de haberte conocido en Esta noche te cuento. La escena que narras de esta perdida humana que el mar se traga de forma irremediable, está contada con la magia de las palabras, llevando al lector hasta la última línea sin conocer la verdadera causa.

    Un abrazo desde mis palabras y las vuestras,
    de Laura.

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