Hierro

En la bahía de Santander, frente al mar que el amó tanto, se encuentra una escultura dedicada a José Hierro. Son unas planchas de metal colocadas en paralelo que van componiendo la imagen de su rostro. La cara de Pepe Hierro nunca me pareció la de un poeta, erróneamente lánguida y con la palidez de la melancolía, sino más bien la de un boxeador, un marino o un minero. Era una cara que parecía modelada en barro, tallada en piedra, en dónde refulgían las ascuas negras de sus ojos, declarando: “llegué por el dolor a la alegría”.

 

Este año se cumplía el décimo aniversario de su muerte y la U.I.M.P. organizó en su homenaje, un acto entrañable en el Paraninfo de La Magdalena. Se trataba de un recital de algunos de sus poemas, leídos por personalidades del mundo cultural que le habían conocido, y por voluntarios entre el público presente, además de un concierto interpretado por la cantautora Inés Fonseca. Entre los lectores, una joven se presentó como la persona que más había querido al poeta y a la que el había amado más. Era su nieta.

¡Qué pena! hace diez años se nos fue sin armar ruido, y hoy seguimos añorándole, como le añorarán las generaciones futuras que no habrán compartido su época, como se añora a los artistas cuando son grandes.

Porque la Vida:

Después de todo, todo ha sido nada,

A pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

Supe que todo no era más que nada….

 

P@

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