Abuelo

No podía imaginar que la felicidad pesara poco más de tres kilos. Que la perfección se encontrara en la minúscula uña del dedo de un pie. Que la paz habitara dentro del sueño sosegado de mi nieta. Mi nieta. Dos palabras mágicas que hoy, por fin, se han encarnado en el cuerpo tibio y sonrosado que ahora contemplo.

 Más tarde llegarán el llanto y la sonrisa, los paseos juntos (yo, orgulloso, ella descubridora del mundo desde su sillita), las papillas de frutas y los primeros pasos, pero ahora sólo quiero contemplarla mientras siento, que las lágrimas pugnan por desbordar mis ojos cansados. Sólo quiero disfrutar de este momento. Mi felicidad hoy se llama Silvia.

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