Tormenta

Hay días en que la atmósfera se vuelve iracunda como si se hubiera cansado de su propia bonanza: el sol se esconde tras una neblina ardiente y a través de ella nos envía sus rayos furiosos, el aire se paraliza,  cargado de energía mineral,  esperando el inevitable desenlace. Entonces, ocurre. El viento agita todo lo que encuentra a su paso, y el agua se derrama. Las gotas de lluvia se precipitan en loca carrera para golpear la tierra. En el mar, brincan antes de convertirse, ellas mismas, en marinas.

¡Qué hermoso espectáculo para contemplar refugiados! En la montaña, los truenos amenazan como si fueran la misma voz de Dios, y los rayos, parecen querer descargar su ira contenida. Es preciso ponernos a cubierto, correr, correr, hasta encontrar algún amparo que nos oculte de su furia.

El olor de la tierra mojada, penetra en nuestros recuerdos ancestrales. Olor a final del verano de la infancia, a risas compartidas, a primer amor bajo los soportales.

Después llega la calma a nuestros corazones, como si nosotros mismos hubiéramos descargado la tormenta.

P@

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