Escaparates

La estética debería inspirarse en el confort, pienso mientras contemplo con arrobo unos zapatos que harían las delicias de la madre superiora de las Clarisas. Mis pies frecuentemente torturados por callos, rozaduras o juanetes, requieren que me detenga ante las zapaterías en mis paseos por la ciudad. Nada de fantasear con la belleza de unos taconazos que rematen mis piernas. Los tacones, pienso, son el equivalente civilizado del vendaje oriental con que los hombres subliman su deseo de posesión sobre la mujer bella e inmóvil. La mujer en casa y con la pata quebrada, decían los antiguos.

Estas disparatadas reflexiones sociológicas que me asaltan a menudo, me darían para hablar media hora o más desde la desinhibición etílica, pero eso es otra historia. Esta trata de escaparates.

Cómo todos tenemos derecho a nuestro momento de intrascendencia, también contemplo los modelos expuestos en las tiendas de ropa, que parecen conspirar cada vez con mayor frecuencia, para no entrar en mis carnes. La conjura de los pantalones vaqueros.

Sin embargo, mis comercios favoritos hablan de la belleza menos perecedera: tiendas de muebles y decoración sobre todo si albergan ese estilo algo rústico que sugiere hogares cálidos y confortables, nada de muebles ultramodernos de colores plateados o esquinas lacerantes.

Librerías. Mis favoritas. Aquí no sólo contemplo su exterior separado por una luna impecable. Una especie de canto de sirena, al que no puedo resistirme, me llama desde el interior donde parece volar el tiempo hojeando los libros. Ni en toda una vida se podría llegar a leer ni la mitad de los que exponen. Este pensamiento me produce una especie de ansiedad lectora que intento remedar llevándome alguno a casa. Deliciosos son los cuentos infantiles con sus preciosas ilustraciones, y siento no tener ya la excusa de hijos pequeños para enamorarme de algún ejemplar.

Un derroche de color, las floristerías que alegran nuestra mirada, tienen sin embargo un toque de impostura al mostrarnos todas las plantas en perfecto estado de salud. ¿Cómo se las arreglan para conseguir su inmortalidad? Algo me hace pensar que las enfermas y maduras son apartadas prematuramente de nuestra vista por las floristas de la GESTAPO.

Cuando visito alguna ciudad me gusta encontrar, frecuentemente en sus callejas más antiguas, esas tiendas que parecen ignorar las consignas de la internacional consumista. Tiendas que se resisten a la uniformidad de las grandes marcas comerciales y que exponen como tesoros desarrapados, objetos que nadie parece utilizar ya: cordeles, lanas para telares, especias de colores, ultramarinos al por mayor, alpargatas o bacaladas momificadas en un sudario de sal. Es en ellas donde se conserva el espíritu perdido de la ciudad.

En mi barrio, han abierto una boutique que de lejos, parece vender ropa de bebé. Me acerco y no doy crédito a mis ojos.  Me digo en voz alta:”No doy crédito” porque los modelitos para lluvia, con sus viseras a juego,  de fiesta o incluso trajes de novio y novia, son para perros pequeños. Tienen incluso cochecitos para sacar a pasear al perro sin que tenga que mancharse las patitas ni cansarse. Es la imagen perfecta para entender a que grado de degeneración ha llegado esta sociedad que humilla así a los animales mientras deja morir por inanición a millones de seres humanos en el mundo.

P@

Tres estrellas Michelín

Me siento muy orgulloso de trabajar con mi jefe, sobre todo ahora que le han concedido la tercera estrella Michelín. Y es que sus platos son verdaderas obras de arte: esculturas armadas con verduras de su huerta, carnes jugosísimas y pescados, traídos ex profeso por los pescadores del pueblo para su cocina. Aunque, su gran secreto, el exquisito condimento que le ha elevado a los altares de la restauración, ese no lo da a conocer a nadie. Mantiene la fórmula de sus ingredientes escondida en un cuarto del sótano, al que solo él tiene acceso. Ni siquiera la confía a sus empleados más antiguos, y eso que siempre les pondera y les llama “sus excelentes colaboradores”

El otro día me envió a la cava en busca de unas botellas de Château Pétrus para celebrar con nosotros su éxito -nuestro éxito- dijo. Cuando pasé frente a la cámara sellada, me pareció oír, procedente de su interior, un gemido, una especie de estertor moribundo, que me puso los pelos de punta. Seguro que era una ventana mal engrasada que se había quedado abierta, pero una voz interior me advirtió, que sería mejor no comentarle nada al jefe.

P@

Pirulina

Cuando recogí en la calle a la pequeña Pirulina, no podía imaginar que fuera la reencarnación de mi hermano Jose Manuel.

Mi hermano mayor llevaba ya 15 años muerto, y no era fácil suponer que su alma vagara todavía por el mundo buscando un cuerpo apropiado. Pero mi convivencia con la gata, el conocimiento de sus costumbres domésticas, me pusieron en la senda de ese descubrimiento.

Pirulina, igual que Jose Manuel, detesta el pescado y eso es demasiado raro en un gato. Sin embargo le encanta comer todo tipo de aves que yo preparo para las dos: pollo, pavo, codornices y faisán en la Nochebuena. También se relame ante mis callos con garbanzos y mi cordón bleu.

Experta en música, no es únicamente que le guste escuchar mis discos enroscada en su sofá favorito –el de mi hermano-, sino que cuando me siento frente al piano para tocar las “polonesas”, se sitúa a mis pies para golpearme con su pata si desafino. Igual, igual, que hacía Jose Manuel. Entonces comienzo a tocar mal aposta, para fastidiarla, y ella corre a esconderse debajo de mi cama. Yo creo que incluso se tapa las orejas con sus patas delanteras.

Luego está su predilección por Margarita, la vecina del cuarto. Pirulina ronronea y se roza con sus piernas cuando esa descarada viene a casa a pedir algo que se le ha olvidado comprar. Transmutado en gata, mi hermano se aprovecha para mantener un contacto físico que nunca disfrutó cuando estaba vivo.

A veces la llamo por su verdadero nombre, incluso en presencia de extraños, que sonríen con disimulo ante ese despiste. Un día se me escapó delante del veterinario que, delicadamente, me recalcó el género femenino de la gata, como si yo no supiera con quién estaba hablando.

Así que, cuando estamos a solas, me burlo de Jose Manuel y le pregunto si no había otro animal o, al menos uno de su mismo sexo, para reencarnarse. Él, que siempre había sentido predilección por los leones, algo malo habrá hecho cuando era hombre, para merecer una reencarnación tan prosaica.

Entonces, pienso que probablemente yo, en otra vida anterior, haya sido una faraona del antiguo Egipto. Esa Nefertiti tan guapa que tiene un busto en un museo de Berlín.

P@

Plantas

Las plantas tienen sus propios sentimientos, claro que si. Cuando escuché por primera vez esa confidencia,  me pareció una excentricidad de la dueña de la floristería, -vaya mística pensé-, pero luego en casa pude comprobar como las plantas se iban acostumbrando poco a poco a mi presencia y a la rutina de mis riegos. Hubo alguna rebelde que desde el principio se mostró arisca y poco colaboradora. Un aloe, que me regalaron como el remedio definitivo para todos los males epidérmicos, me pinchaba con sus púas en todas las ocasiones que me tenía a mano, y los geranios que según dicen, son facilones y se dejan querer, contrajeron enseguida la enfermedad del taladro como si se hubieran abandonado a una muerte prematura, sin oponer apenas resistencia, con tal de no tener que soportarme.

Aunque la planta de la Navidad, esa que muestra un color encarnado en las hojas durante el invierno, me acompañó año tras año mostrando el auténtico color verde en sus hojas nuevas, sin disimulo ni necesidad de travestismos cromáticos. Y la azalea, delicada y sensible, me ofreció sus flores nuevas en agradecimiento al mimo con que apagaba su sed insaciable.

Pero llegaron unas largas vacaciones y tuve que abandonar mis plantas y mi hogar dejándolas al cuidado de mi hijo. “Riega cada dos días si hace calor pero sin ahogarlas”. “Baja la persiana”, y toda clase de recomendaciones que según él, siguió al pie de la letra.  Cuando regresé, encontré agonizando las plantas que no habían ya fallecido.

-Las he regado, de verdad –aseguró, mostrándome los tiestos encharcados.

Y pensé si no habrían muerto en realidad de tristeza porque me echaban de menos.

Ahora, sin atreverme a reemplazarlas, me siento en el lugar donde acostumbraba verlas crecer y siento cómo mi piel se va arrugando, cómo algo en mi interior se encuentra ya irremediablemente seco, cómo la falta del alimento de su belleza me va apagando lentamente.

P@

Candados del amor

Se querían. Habían decidido sellar su amor, pero,¿ de qué manera?.

Ella había leído la novela de Federico Moccia “Tengo ganas de ti” y tuvo la idea de hacer como el protagonista que, para convencer de su amor a una mujer, coloca un candado en el puente Milvio en Roma, y tira la llave al río Tiber.

En Santander no hay río, hay mar. Entonces fueron caminando por el sendero que bordea el mar, en Cabo Menor. Al final se encuentra una pequeña explanada de madera, desde donde se puede contemplar el inmenso mar e intentar ver el rayo verde en los atardeceres de verano. Fue allí, en la barandilla, donde ataron un candado con sus iniciales. Al tirar la llave al mar, se miraron profundamente a los ojos, sellando así su amor “eterno”.

Si pasas por el lugar, no dejes de mirar, verás que ya varios candados “adornan” la barandilla.

Igualmente en ciudades de Europa como París, Roma, Madrid, Moscú, Sevilla…los candados del amor cubren sus puentes. En Roma la primera farola del puente que acogió los candados se derrumbó de tanto amor que llevaba. En París el alcalde les mandó retirar del “Pont des Arts” porque el peso que soportaba la barandilla la estaba dañando; los enamorados se manifestaron y de nuevo aparecieron candados por el puente. En Moscú, para no estropear la estructura del puente levantaron unos árboles de metal; cuando están llenos los retiran a un lugar determinado y así todo el mundo contento.

Al final, el amor vence…

 

Amélie

Viento sur

Lo más difícil de vivir en Santander no es habituarse a esos días grises de lluvia en que el sol se convierte en una estrella remota y tímida, oculta tras las perseverantes nubes. Lo peor es tener que convivir con el viento sur.

El viento sur, es la antítesis de viento. Seco, aporta más calor del que debería alejar con sus devaneos. Es un aprendiz de ciclón, que en los días de máxima fortaleza, consigue hacer funcionar las señales humanas de alerta.

Es un duende revoltoso y mal encarado que desbarata el orden natural de las cosas: levanta las faldas y los peinados, arranca de raíz los árboles ancianos o forma barricadas con los contenedores de basura. También agita los pensamientos y las disposiciones de los seres más vulnerables a su influjo, con pesados dolores de cabeza.

Hasta el viejo mar no es ajeno a sus travesuras, y responde violento a la agitación  del Sur cuando despeina su superficie formando rizos de espuma.

 Los raqueros de Puerto Chico no por ser de bronce, dejan de ser niños, y contemplan indecisos el mar, temerosos de sumergirse para recoger las monedas lanzadas por los transeúntes, y provocar su ira.

Pero si observamos con detenimiento, descubrimos al más atrevido a punto de lanzarse a las aguas inquietas.

La mirada de la cámara ha conseguido parar su caída y la agitación del viento sur.

P@

Hierro

En la bahía de Santander, frente al mar que el amó tanto, se encuentra una escultura dedicada a José Hierro. Son unas planchas de metal colocadas en paralelo que van componiendo la imagen de su rostro. La cara de Pepe Hierro nunca me pareció la de un poeta, erróneamente lánguida y con la palidez de la melancolía, sino más bien la de un boxeador, un marino o un minero. Era una cara que parecía modelada en barro, tallada en piedra, en dónde refulgían las ascuas negras de sus ojos, declarando: “llegué por el dolor a la alegría”.

 

Este año se cumplía el décimo aniversario de su muerte y la U.I.M.P. organizó en su homenaje, un acto entrañable en el Paraninfo de La Magdalena. Se trataba de un recital de algunos de sus poemas, leídos por personalidades del mundo cultural que le habían conocido, y por voluntarios entre el público presente, además de un concierto interpretado por la cantautora Inés Fonseca. Entre los lectores, una joven se presentó como la persona que más había querido al poeta y a la que el había amado más. Era su nieta.

¡Qué pena! hace diez años se nos fue sin armar ruido, y hoy seguimos añorándole, como le añorarán las generaciones futuras que no habrán compartido su época, como se añora a los artistas cuando son grandes.

Porque la Vida:

Después de todo, todo ha sido nada,

A pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

Supe que todo no era más que nada….

 

P@